La felicidad, esa hada escurridiza tejedora de promesas, que prodiga sus favores mientras pasa de puntillas, dando la espalda, huidiza, pronta a desaparecer.
El utópico instante de unión entre la carencia y su satisfacción en común abrazo con todos los niveles de la existencia. Acariciado ideal en perpetua ejecución y de materialización inaprensible.
Por Elia Villalba
HoyLunes – La felicidad, sensación de plenitud extrema de intensidad y belleza, estruendosa luminosidad de fuegos artificiales de breve trayectoria, condenada a sucumbir ya desde su nacimiento para resurgir una y otra vez despertando de su mortal sueño en un proceso eternamente cíclico como una bella durmiente adicta a los besos de su príncipe “resucitador” y cuya consecución pese a su cualidad etérea, es a toda costa la principal motivación de la actividad humana en todos los ámbitos de la vida sosteniéndola en la inconsistencia de su equilibrio inestable.
Incompatible con la permanencia en el tiempo pese a nuestros esfuerzos, quien excepcionalmente la posee durante un largo periodo, tiene como acompañante inseparable el temor. Y es que precisamente ese miedo a la pérdida provocado por la inexorable finitud de nuestras trayectorias vitales, cual frágiles pompas de jabón al decir metáforico de Eckhart Tolle en una de sus lúcidas charlas, es lo que vuelve burbujeante la vida y nos insta a “bebérnosla” con prisa a riesgo de atragantarnos, mientras que quien no es consciente de ello la malgasta instalado en una insulsa trivialidad sin paladeo, en la indolencia de una perpetua conjugación del verbo posponer y entre ambos extremos, está quien la vive con una epicúrea serenidad a la espera de un atisbo de eternidad.

Aunque a priori no hay ningún elemento objetivo con valor probatorio que constate su existencia en términos de realidad persistente, la felicidad: esa flor temblorosa de naturaleza efímera y extremada fragilidad enraizada en la insustancialidad del eter, es el motor que hace que nos levantemos cada mañana con la convicción probablemente infundada pero poderosamente anclada en el inconsciente colectivo de que más tarde o más temprano la alcanzaremos coronada con el eterno colofón de un “colorín colorado” o la garantía de su continuidad una vez traspasado el precinto del prometedor “The end” de las imponentes producciones americanas.
Inasible y juguetona como su hermana menor “la ilusión” que es una mentirosa nata y que gusta de embaucar al ser humano envolviendo sus anhelos con su nebuloso encanto, dejándose perseguir traviesa como dudoso reclamo para incautos soñadores, espejismo sin cuya ilusoria proyección permaneceríamos en inactiva comodidad y que nos impulsa a continuar aunque todo acabe finalmente en decepción, “El rayo de luna” de Bécquer, esa brillante quimera, hipnótico canto de sirena, engañosa expectativa o existente solo en la excitabilidad de nuestra incendiaria imaginación.

Esta idea aparece impecablemente ilustrada en la enigmática afirmación que aparece como rúbrica al ingenioso final del vídeoclip de la canción “Born with a broken heart” interpretada magistralmente por ese prodigio llamado Damiano David que dice así: “The most solid pleasure in this life is the empty pleasure of illusion” (“El placer más sólido de esta vida es el placer vacío de la ilusión”).
El placer más sólido de esta vida es el placer vacío de la ilusión. — Damiano David (Born with a broken heart)
Pero pese a que parece lo contrario, el camino no ha sido infructuoso, pues sin esa luz ambigua y confusa, no haríamos el esfuerzo de arar la tierra con el afán de nuestros pies, convirtiéndola así en esperanza real para traducirla en logros tangibles. Es la gasolina del mundo, “la trampa de la zanahoria” que con no poca guasa nos pone delante y que perseguimos cual conejos perplejos como una promesa inalcanzable o en continua renovación, sin conseguir que la plena satisfacción se prolongue en el tiempo.
Y es que, “cuando llegas a mi edad te das cuenta de que la vida es un fraude”, me decía un amigo con su experiencia septuagenaria, pero paradójicamente, aquí queremos seguir, aunque sea “aguantando el tipo”.
Menos mal que contamos con “la dicha”, su pariente más modesto y carente de su brillo externo, pero que custodia la llave del secreto que eleva el ánimo en toda circunstancia.

